Como tenía que ser, el tiempo aquí hizo su trabajo.
Y aunque las fuerzas escasean, no se pierde el rumbo.
Un nudo de sentimientos da partida a la inmensa batalla que se libra en este establo.
Ni dioses ni diablos: la lucha aquí es del hombre.
Por sus sueños y sus metas. No te regalan,
la vida es un préstamo que vence a las doce
o cuando el manto inminente te cubra del frío.
El enfoque desemboca en la muerte.
Suenan alarmas constantes, rutinas que te encarcelan.
Las canas no son problema, es la alacena vacía,
la rabia que se apodera de cada instinto y la ira
que envenena la mente de óxido. Es la cadena que ya pudre mis andares.
Ya no me calman poemas,
nocturnos, sucios rituales.
No busco calmas ajenas.
Con 33 en la acera y un corazón hecho mierda,
¿dejo que todo me afecte o pongo los pies en la tierra?
Suena el instinto que nace en la fría Bogotá.
Reloj de arena: el tiempo está contado.
Verás cómo te funde la tierra; somos materia fugaz, solo un lapso, un instante,
una aurora boreal.
Si decido que todo queda en puntos suspensivos
o si renuncio a la duda y concreto lo que he querido,
no habrán más turnos al bate; tendré que hacer la carrera.
Con las fuerzas que me restan, tendré que ser hoy cabrera.
La tentación no se aleja, tampoco la ira que gesta
las decisiones absurdas que te quiebran la cabeza.
Sustancias que se desplazan mientras el alma sutura.
La decisión es muy dura, más la condena aún peor.
Ya no se aceptan lamentos. Quizás sea lo mejor:
dejar que fluya en el aire, como una rebelión,
una tormenta de arena en un agotante desierto,
donde se marchan las fuerzas mientras espero el adiós,
una caricia del viento o un profundo dolor.
Tan solo fugaz materia en este domo menor.
Aquella espora flotando en un espacio vacío,
o la posible esperanza de una real redención.